La mente del hombre tiene una gran influencia sobre los estados de ánimo del ser; la mente ha acumulado a lo largo de su vida tantas experiencias, tantos recuerdos, que en realidad, los patrones de conducta de una persona no son sino el resultado de las distintas asociaciones que hace el ser humano en su mente, provocadas por las experiencias por las que está pasando; pero también, en la mente del hombre, reside el secreto de la felicidad.
Dijimos que la felicidad sólo puede experimentarse en el presente, que tanto el pasado como el futuro, no son sino intentos de fugarse de una realidad insatisfactoria para el ser. Cuando la mente recurre a experiencias pasadas, el hombre vive en un tiempo irreal, se encuentra desconectado de lo que su cuerpo experimenta y decimos que no hay integración. Para disfrutar la felicidad se requiere estar integrado, totalmente integrado, emociones y experiencias sensoriales deben estar disfrutando el presente. La felicidad que se alcanza saboreando un hecho pasado o fabricando un acontecimiento futuro, no es una felicidad real debido a que no existe la integración del ser; es preciso que el ser humano aprenda a disfrutar su presente, manteniendo su mente, sus emociones y su percepción de la vida, totalmente integradas en la experiencia de ese momento.
Sin embargo, es tan fuerte la tendencia del hombre a perderse en laberintos mentales olvidándose de lo que la vida le da en cada instante, que es preciso dar algunas técnicas que le permitan regresar a su estado ideal del presente. Podríamos entonces hablar de un decálogo de principios, diez claves que puedan dar al hombre las suficientes bases mentales que le permitan afianzarse fuertemente en su presente y aprender a disfrutarlo, diez claves que deben ser universales, ajenas a principios nacionalistas o religiosos.
Reverendo Padre Romel Añazco, Dean de la Orden de San Lucas
teléfonos 097534003 084021599 email padreromel@hotmail.com
jueves, 29 de abril de 2010
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El poder de curar
ResponderEliminarCuando Jesús envía a los apóstoles a predicar el Evangelio, les da también el poder de curar a los enfermos y de echar fuera a los demonios (Cf. Lc 9, 1-6).
Los apóstoles fueron por el mundo curando cuerpos y curando almas.
Me encanta aquel pasaje cuando Pedro y Juan se encuentran a un paralítico que les pide limosna a la puerta del templo. Ellos eran pobres, no tenían dinero para darle, pero tenían un poder más valioso que el oro: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (Hc 3, 6) ¡Qué mejor regalo!
Todos los días convivimos con enfermos y contemplamos su dolor. ¡Cómo quisiéramos tener ese poder de Cristo y de los apóstoles para sanar tanta enfermedad y tanto dolor!
Jesús, quizás, nos diría: “No lo hacen porque no quieren”.
¡Ay!, si tuviéramos la fe del tamaño de un granito de mostaza podríamos hacerlo, pero no podemos más que decir: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Cfr. Mt 17, 20).
Los sacerdotes tienen la misión de curar
Los médicos cristianos, con la ayuda de la ciencia, curan las enfermedades, pero también ellos están convencidos de que Dios actúa a pesar de los límites humanos.
Los sacerdotes, en cambio, tenemos en nuestras manos un sacramento por el que podemos cumplir la misión de Jesús de predicar el Evangelio y curar a los enfermos: el sacramento de la Unción de los Enfermos.
Cuando tengan un enfermo grave, busquen al sacerdote y pídanle este sacramento, signo del poder de Cristo de sanar el cuerpo y el alma.
Los católicos creemos que este sacramento confiere al enfermo un don particular del Espíritu Santo que consuela y da la paz, fortalece para vencer la enfermedad, renueva la confianza en Dios, ayuda a vencer la tentación de desaliento y angustia ante la muerte y lleva, por la fuerza del Espíritu Santo, a la salud del alma, ¡y del cuerpo!, si esa es la voluntad de Dios. Este sacramento perdona también los pecados cometidos después del Bautismo